Empieza tu casa por el jardín. Te asegurarás su eterno disfrute.
«Si Dios ha de crearme que sea en un Jardín, en el mejor de los Jardines, porque en ningún lugar me siento tan bien como en mi Jardín»
Y así fue; y vio Dios que estaba bien; y tan bien estaba que nos envió una serpiente para que nos largáramos y poder disfrutar El solo del Paraíso.
Y si fuimos capaces de mostrar a Dios lo bien que se está en un Jardín, ¿cómo pudimos ser tan estúpidos de olvidarlo?
-Cita apócrifa que me inventé hace muchos años-
Y ahora, imagina un Jardín donde no sea necesario el taladrante ruido del cortasetos, el desquiciante ruido de la desbrozadora ni el fin de fiesta de la atronadora sopladora. Son los Jardines de gravas, aquí llamados naturalísticos, pero a los que prefiero con su denominación original en honor a sus pioneros británicos, que se enfrentaron a sus omnipresentes céspedes dando un giro radical al concepto tradicional de jardín.
La verdad es que por estos lares ya sabíamos lo que era un jardín sereno, en el que tan solo el borboteo de un estanque alteraba la paz y sosiego de su disfrute. Jardines que nada tenían que ver con un desierto, en los que la vegetación estaba adaptada a las condiciones del lugar y que eran un festival de colores, olores y sensaciones a lo largo de todo el año. Mientras allí se rebelaban contra el césped, aquí lo tapizábamos todo. Y así seguimos.
Rébelate y engrava tu jardín. Lo disfrutarás más y mejor.
